miércoles, 14 de octubre de 2009

Hotel del Sitjar


Conozco a pocas personas con la capacidad de trabajo del arquitecto Daniel Azpeitia, pero el Hotel del Sitjar (el proyecto en el que lleva trabajando los últimos años) no es únicamente el fruto de un gran esfuerzo y de una enorme dedicación, es sobretodo una demostración fehaciente de vocación y de talento.

Conozco a pocas personas con la generosidad de mis amigos Belén y Dani, pero el Hotel del Sitjar no será sólo una puerta de entrada siempre abierta a la incomparable villa de Calaceite, será también la materialización de un sueño compartido que se hace realidad en cada bienvenida.

Hasta que se inaugure en abril de 2010, podéis pasearos por aquí:

viernes, 9 de octubre de 2009

Hans Laguna y la Sintaxis


No tardará en oírse hablar de estos grandes artistas, pero cuando los medios os asedien asegurándoos que son los mejores recordad que yo os los presenté primero.

Canciones deliciosas, de una inteligencia sutil que vuela más allá de las copas frondosas de los árboles de la mediocridad.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Príncipes en el exilio


"(...) la separación de ciencia y literatura aparecía como un escándalo.

Escandalosa o no, ahí estaba, y los poetas se lamentaban como príncipes en el exilio, recordando melancólicamente la destruida unión de verdad y belleza.

Unión destruida porque la ciencia abandonó el camino del saber para tomar el del poder, y desde ese momento sólo el arte fue lo verdaderamente humano."


La ciencia que conquistaste, la compartes
con los espíritus superiores;
pero el Arte sólo tú lo posees.

Schiller




Este texto (incluido el fragmento del poema Los artistas de Schiller) esta extraído de la presentación que Félix de Azúa hace a su propia edición de 1976 de Los discípulos de Sais de Novalis.

En el pasaje se está refiriendo a los románticos en general hacia finales del XVIII, lo que me hizo pensar que o bien yo soy un romántico de esa época, o bien me escandalizo por las mismas cosas que ellos, sea yo lo que sea a comienzos del XXI.

lunes, 21 de septiembre de 2009

La voluntad más allá de Bartleby


Expresar la voluntad de no hacer, simplemente porque así se prefiera, es un paso decisivo en la materialización de nuestros deseos. ¡Ojalá fuéramos capaces de llevarlo a cabo más a menudo! Pero creo sinceramente que no basta. Considero que el lema de Bartleby arrastra una connotación de negatividad. Pesa sobre él una cierta abulia a la que resulta extremadamente fácil adherirse. Así, como postura filosófica, superada la efímera sensación inicial de valentía, acaba siendo débil y acomodaticia.

¿Qué os parecería que el escribiente respondiera: "Preferiría hacer otra cosa"? Porque el personaje de Melville simplemente se va consumiendo en la indiferencia, y eso no deja de ser deprimente. Si bien más lamentable es hacer sistemáticamente algo que no nos gusta, ha de haber una voluntad más allá de la del "preferir no hacerlo".

A partir de aquí, confiar en que no nos equivocaremos demasiado en la elección de la cosa a hacer, de modo que podamos pensar que ha valido la pena más que no hacer nada. Difícil ¿no? Pero nadie dijo que fuera a ser fácil.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Marchito pensil


Que nadie piense que me entristece ver cómo se marchita el en otro tiempo florido pensil. Detesto ese tipo de enseñanza y el aura que la envuelve, pero por otro lado también me ha parecido desalentador ver a todos esos chavales asistiendo a clase parapetados tras las pantallas de sus respectivos ordenadores portátiles.

Suele decirse que las nuevas tecnologías te acercan a quien tienes lejos pero te alejan del que tienes cerca, y pienso que en un modelo educativo y formativo válido el docente tiene que ser alguien sobre todo muy próximo. Si no ha de ser así, rompamos definitivamente la relación entre alumno y profesor, o (como se decía antes) entre discípulo y maestro, o (como parece que se dice hoy) entre estudiante e instructor.

Pues eso: que se queden en casita con el portátil, formándose con la wikipedia y educándose con el facebook. Los chavales encantados; los padres encantados; y los profesores... ¿A quién le importa lo que les pueda pasar a esos pobres desgraciados? Por lo menos de este modo ya no será necesario convertirlos en autoridades para que puedan contar con el respeto de los primeros, de los segundos y, me parece que también, del resto.

En cualquier caso y tal como pinta el panorama, por si alguien se ha quedado todavía con las ganas de tacharme de carca, me voy a permitir terminar con una frase que bien podría haber firmado el mismísimo Andrés Sopeña: ¡Que Dios nos pille confesados!