martes, 13 de enero de 2015

Teorema de Bolzano


El de Bolzano es uno de los teoremas más hermosos de las matemáticas. Nos dice que para toda función continua, si los extremos en un intervalo cerrado tienen distinto signo, se anula en algún punto intermedio. Pero es que Bernard Bolzano (Praga 1781-1848) no era un simple matemático, era también (y sobre todo) filósofo, y sólo desde la filosofía puede comprenderse el alcance inmenso de esta proposición.

Lo que nos viene a decir es que si estuvimos en valores negativos y ahora estamos en positivo o viceversa, siempre que no se haya producido una fractura intermedia, en algún momento hemos estado a cero.

Se trata de una verdad demostrable que sirve para positivo y negativo, pero también para arriba y abajo, sea lo que sea estar ni arriba ni abajo, o para dentro y fuera, sea lo que sea estar ni dentro ni fuera, o para bien y mal, sea lo que sea estar ni bien ni mal, Fijaos que el propio lenguaje nos protege de estos lugares indeterminados, porque cuando nos referimos a ellos decimos que "no estamos ni arriba ni abajo", o que "no estamos ni dentro ni fuera", o que "no estamos ni bien ni mal". Pero sí que estamos, estamos constantemente, no se puede no estar en algún sitio, aunque entiendo que son lugares incómodos, seguramente difíciles de definir, como sucede siempre que nos acercamos a las fronteras, a los contornos o a los límites.

No me interesan los ejemplos triviales del teorema, saber que en algún momento tendré que cruzar el río si quiero pasar de un lado a otro, sino los escenarios que propone, muchos de ellos ignorados, si no desconocidos o incluso nuevos: las periferias, los lodazales, las brumas; lo confuso, lo borroso, lo desdibujado...

Llevo tanto tiempo habitando en ellos que para mí han dejado de ser lugares de paso. Es posible que hasta esté empezando a sentirme cómodo, o al menos he dejado de esperar que suene el chasquido de la fractura (discontinuidad para Bolzano) dentro de mi cabeza.

martes, 23 de diciembre de 2014

Gastando zapatillas


Mis mejores deseos para todos en estas fiestas y en el año que está a punto de comenzar. Que sigamos venciendo las dificultades y sacando partido de los buenos momentos como hasta ahora, con la ilusión del que se coloca por primera vez en la línea de salida, pero también con la prudencia de quien ya conoce cuál es el ritmo adecuado para disfrutar de cada una de las zancadas que han de llevarle hasta la meta o que le permitan, simplemente, seguir avanzando, aunque no siempre se sepa con exactitud hacia donde.

En cualquier caso, que sigamos gastando zapatillas.

jueves, 11 de diciembre de 2014

Experto músical


Es fácil encontrar en la red advenedizos disertando sobre cualquier materia sin que podamos saber si están cualificados para ello. Por eso hay que ir con pies de plomo antes de dar por válidos algunos artículos, verificando pormenorizadamente sus contenidos y, en la medida de lo posible, recurrir a fuentes originales o de solvencia contrastada.

Aquí os dejo el título que me legitima a explayarme sobre música. Es posible que haya otros de mayor prestigio, obtenidos tras cursar estudios superiores, o condecoraciones provenientes de los altos estamentos como el Premio Nacional de Música o reconocimientos semejantes pero, para mí, este Diploma honorífico que en día 1 de julio de 1995 expidió con registro nº 61 el Boletín Informativo Discoplay (BID), es tan digno como el que más.

Atended a que se me concede por la calidad y buen criterio musical demostrado a través de los títulos adquiridos. Todavía estoy esperando que Amazon o Fnac me distingan del mismo modo. Sigo comprando discos tan compulsivamente como entonces. Quizás en esa época Emilio Cañil, presidente de la compañía de venta por correo que él mismo fundó a principio de los ochenta, había notado un descenso en la cantidad de pedidos, y consideró que esta sería una buena estrategia comercial para estimular a sus clientes, pero lo cierto es que yo adquirí títulos imprescindibles gracias a ellos. Sería imposible recordarlos todos, pero por citar algunos pocos diré que iban desde las grabaciones que hizo Harnoncourt de Bach para Teldec reeditadas en CD a principios de los noventa en la colección Das Alte Werk, al Weld de Neil Young en el 91, pasando por el Scapegoats de Green On Red de ese mismo año en versión cassette o los Lieder ohne Worte de Mendelssohn interpretados por Annie D'Arco para Erato. Y tantos otros, ...el EP That is Yo La Tengo, previo al May I Sing With Me del 92, auténtica pieza de coleccionismo muy cotizada hoy en día (Fans de Yo La Tengo, sabed que yo lo tengo).

Buenos títulos todos ellos, sin duda, seleccionados con buen criterio, por supuesto. Nunca compré en Discoplay nada que no fuera música: esas camisetas horribles o el merchandising tan casposo que aparecía en las últimas páginas del Boletín. Tampoco esos lotes a ciegas que ofrecían de 10 ó 20 ó 50 discos a precios de risa pero que no podías saber lo que contenían hasta que abrías la caja. Eso hubiera sido adquirir sin criterio, justo lo contrario de lo que yo hacía (dicho por ellos mismos, que conste). Pero el buen empresario ha de saber llegar a todos los segmentos del mercado. Quizás hoy en día se distinga (con menos honores probablemente) a otro tipo de compradores. Lo desconozco, pero el caso es que Discoplay cerró en 2007.

En 1995 ya no vivía en Alella. Allí el boletín me resultaba muy útil porque en un pueblo (aunque cercano a Barcelona como es este) no tienes tan a mano tiendas especializadas. Recibir el BID y hojearlo enseguida era como pasear por delante de mostradores repletos de discos. Creías estar oliendo las portadas que podías acariciar en las reproducciones impresas en miniatura. ¿Quién de los que lo recibieran no se ha forrado una carpeta con sus favoritas? La condición para seguir suscrito era comprar con cierta regularidad. En los mejores momentos llegaron a hacer tiradas de más de un millón de ejemplares. Aquí los tenéis todos digitalizados. Algunos originales se subastan hoy en internet a parir de cinco euros la unidad. Y aquí un interesante artículo del periodista musical Diego Manrique sobre Emilio Cañil después de su fallecimiento en 2010. Vale la pena leerlo, también para comprender mejor esta entrada.

Yo estuve algún tiempo sin hacer ningún pedido y después me enviaron el Diploma, seguramente también algunos boletines más, pero en la Barcelona de entonces tenía las tiendas a mano, y luego las grandes superficies y ahora el comercio electrónico, por lo que es comprensible que no lo echara a faltar. Hoy ha aparecido este documento honorífico en una vieja carpeta en la que guardo algunos recuerdos y me he acordado con nostalgia de aquella época. Sigo comprando discos. Sigo comprando entradas para conciertos. Sigo comprando libros. Sigo comprando películas. Sigo sacando entradas para el cine. No descarto que en ocasiones haya en ello un rastro de consumismo, pero he intentado hacerlo con el mejor de los criterios, aunque también, es natural, haya patinado muchas veces. Aun así, entiendo que, de un modo u otro, el balance ha sido siempre enriquecedor. Pero más allá de ese beneficio propio, espero que también haya servido para que tipos como Emilio Cañil creyeran que valía la pena divulgar la cultura y me alegro de que, en su intento, tuvieran el atrevimiento de distinguir a alguien como yo que, homenajes a parte, la consume y la disfruta.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Claude Debussy: Contra una teleología de la historia de la música


La música ha seguido su curso desde el inicio de los tiempos y parece evidente que ha evolucionado, enriqueciéndose, desde la sencillez de la monodia medieval, pasando por la polifonía del Renacimiento y por la exploración cromática y contrapuntística del Barroco, hasta la sofisticación de las técnicas de escritura que comenzaron en el Romanticismo alargándose hasta la época moderna. Y según parece, el fin último de todo este proceso era llegar a la atonalidad en primer término, y al dodecafonismo como culminación. Al menos eso es lo que postulan algunos entendidos. Todo lo que no conduzca al dodecafonismo queda anclado, vuelve la mirada atrás o es neoclásico y retrógrado.

Debussy se desmarcará de esa lógica y esto incomoda a un buen número de historiadores que habían diseñado perezosamente un trazado en el que todo encaja en un trayecto que va de Wagner a la atonalidad terminando en el dodecafonismo. Claude Debussy será el germen de una modernidad diferente que se cimentará en la tradición y en el folclore, pero también de las derivas estéticas que se manifiestan al mismo tiempo en otros campos artísticos de ese comienzo de siglo XX, como el impresionismo en la pintura y el simbolismo en la poesía. Es un momento de lucha entre dos corrientes muy distintas, si bien ambas consideran al hombre como centro del universo. En el romanticismo había una necesidad de expresar las pasiones en un mundo animado y en movimiento constante. En el impresionismo, el autor, figura igualmente central, experimenta y registra las impresiones que la naturaleza le produce. De aquí la noción de un todo estático e inmóvil, como en pintura, y la relación tan estrecha de ésta con la música.

Debussy quiere superar el fraude de ese wagnerianismo disfrazado aún de posromanticismo en busca de un lenguaje musical más honesto y veraz. Aquí cito textualmente a Alex Ross que lo explica magistralmente en El ruido eterno: "En esencia, estaban formándose dos vanguardias, una junto a otra. Los parisienses se encaminaban hacia el mundo brillante y luminoso de la vida cotidiana. Los vieneses avanzaban en la dirección contraria, iluminando las terribles profundidades con sus antorchas sagradas".

Tenemos claro quiénes son los vieneses: Schoenberg, Berg y Webern, herederos de Mahler y, simplificando, del romanticismo germánico que llega a Richard Strauss después de Wagner. Pero tratemos de seguir el rastro de aquellos a quienes pudiera estar refiriéndose Alex Ross bajo el apelativo de "los parisienses". Ravel es evidentemente uno de ellos, aunque en este contexto tengo que considerarlo una prolongación de Debussy, y soy muy consciente de la tremenda injusticia que estoy cometiendo, porque si, como dije de Ravel en una entrada anterior, con él sentimos que la música por fin adquiere rango de trascendentalidad, con Debussy esto sucedió antes. También tenemos a Paul Dukas, a Albert Roussel y a Florent Schmitt, pero sus audacias, y aquí sé que no estoy siendo injusto, no llegaron tan lejos. O antes a César Franck y Camile Saint-Saëns, y sus discípulos D'Indy y Fauré, pero Debussy supo ampliar el lenguaje de estos antecesores, del mismo modo que supo separarse de Wagner y sus sucesores, a pesar de haber caído inicialmente, como tantos otros jóvenes aspirantes a artistas de su época, bajo el hechizo de Parsifal.

Este dualismo es muy significativo y determinante en el devenir del arte musical del siglo XX. aunque la tradición específicamente francesa venga del clasicismo. Esta se basa en una concepción de la música como forma sonora, mientras que la concepción romántica alemana es como expresión. El orden y el comedimiento en contraste con los alardes emocionales. Sutiles esquemas de sonidos, ritmos y timbres frente a la épica. No hay mensaje, ni referencias al destino del universo ni al estado de ánimo del compositor. Y esta forma de hacer ya se apreciaba en compositores tan antiguos como Couperin, Rameau y, mucho más tarde, Gounod. Berlioz sería la excepción en esta tradición: el autor de la Sinfonía Fantástica tuvo éxito en todas partes menos en Francia, precisamente por preferir, como muchos de esos románticos alemanes, el dramatismo y la grandilocuencia al matiz y la serenidad, la pesadez a la gravedad, el regocijo al ingenio, la solemnidad a la calma, cualidades, todas las segundas, que destacarán en el impresionismo.

Pero más que el impresionismo, será el simbolismo lo que termine de perfilar la estética de Debussy, considerando la música como el medio de acceder a un mundo superior donde se encuentra la belleza pura y la verdad. De este modo, Debussy pretende sugerir más que decir, y en este sentido, sabemos que la música es sin duda, como lenguaje artístico, el camino más recto.

Después de Debussy vendrán otros compositores interesantísimos que harán sus aportaciones muy meritorias o incluso geniales, pero él no es un eslabón entre dos periodos, ni un antecesor, ni una plataforma, ni una puerta de paso, ni un peldaño. En su música se da cita todo lo anterior, junto con el exotismo de los trópicos, el flamenco y los ragas, y los gongs resonantes vietnamitas con los que entró en contacto en la Exposición Universal de París de 1889, donde también tuvo oportunidad de conocer a un grupo de gamelán javanés con sus escalas mínimas, su delicada estratificación de timbres y su sensación de tiempo detenido.

El tiempo se detiene en las creaciones de Debussy, igual que se detiene la historia de la música que pretendamos hacer a partir de él. Porque a partir de él no se llega ni al dodecafonismo ni a nada que podamos considerar culminación o destino. El dodecafonismo viene después en la secuencia cronológica, pero la música de Debussy es un final de trayecto en sí misma. Y seguramente a él no le hubiera gustado este apelativo, porque también es origen, y revisión, y parada (tiempo detenido), y contemplación de una naturaleza que es soberana, que nos impresiona y que, por tanto, nos afecta (en el sentido de no salir indemnes), y que el compositor observa desde su punto de vista, privilegiado y central, que experimenta y registra en esa condición de hombre; hombre atento pero hombre simplemente, que no es poco a pesar de lo que a algunos les pueda parecer así, sin superlativos ni heroicidades.

jueves, 20 de noviembre de 2014

Complejo de mal nadador


Hace quince años que nado y en todo este tiempo apenas he notado mejora alguna. Me esfuerzo en ir perfeccionando mi técnica concentrándome en cada gesto y tratando de mecanizar los movimientos adecuados, pero apenas soy capaz de rascar unas décimas al crono. El otro día lo comentaba con un compañero del club al que considero un buen nadador. Le decía que aún esperaba que llegara el día en que, sorprendiéndome a mí mismo, descubriera ese aspecto de mi estilo mal ejecutado y lo corrigiera para conseguir una mejora instantánea y notabilísima. Me respondió que eso no sucedería nunca, que cualquier mejora se produce muy lentamente y sólo después de mucho perseverar.

Diría que con la escritura sucede lo mismo y estoy cometiendo ese mismo error. Es más, a veces pienso que ni siquiera me he tirado a la piscina.

Hoy charlaba de esto con una buena amiga. Espero que el tiempo la siga (nos siga) mejorando como hasta ahora, lenta pero inexorablemente.