viernes, 17 de febrero de 2017

Noches blancas a la segunda


Estas Navidades me han regalado Noches Blancas por segunda vez. Ocurre en ocasiones que alguien te regala un libro que ya tienes, pero lo que hace particular este caso es que me lo ha regalado la misma persona que me lo regaló la vez anterior. Después de aquella primera no le había dicho nada acerca de lo que me había parecido la lectura y claro, cuando uno regala un libro, o una película, o un disco, es natural que espere algún comentario. Lo cierto es que no recordaba haberlo leído y, dándome por aludido, me puse enseguida con él. Encontré esto nada más empezar:

Era una noche maravillosa, una noche de esas que puede que solo se den cuando somos jóvenes, querido lector. El cielo estaba tan estrellado, estaba tan claro que, al mirarlo, involuntariamente uno tenía que preguntarse: ¿Será posible que bajo este cielo pueda vivir gente con todo tipo de caprichos y enfados? Esta es también un pregunta de jóvenes, querido lector.

Así comienza Noches Blancas. Recordé aquellas palabras y sentí que me transportaban al instante, hace justo un año, en que tampoco pude pasar del primer párrafo. Igual que ese día, se me humedecieron los ojos y, aunque últimamente lloro con facilidad, percibí muy hondo aquel dolor que, por suerte o por desgracia, ya no me es desconocido.

viernes, 13 de enero de 2017

Dile que no quiero verla


No quise ir al Auditori de Barcelona cuando tocó con la OBC dentro de la programación de la temporada 2016, a pesar de que se incluían en el repertorio dos de mis obras favoritas para piano y orquesta, el 24 de Mozart y el 1 de Rachmaninoff, pero es que Lang Lang es de ese tipo de pianistas que no me interesan lo más mínimo.
El caso es que el viernes pasado llego a casa por la noche y lo están dando por la tele en el segundo canal autonómico, me pilla con la guardia baja y me quedo a verlo un rato. Tal como había sospechado empiezo a escuchar notas inventadas, florituras gratuitas y adornos innecesarios, y a ver aspavientos de cara a la galería, excesividad absurda y postureo grotesco en una sobreactuación payasil.
Así me reafirmo en la opinión de que Lang Lang es un pianista lamentable, incluso nefasto, pero es que además pienso que quien gesticula de esa manera cuando toca el piano ha de ser necesariamente un completo imbécil. Si lo hace sin tocar el piano también, por supuesto, pero tocando el piano me molesta especialmente.