miércoles, 20 de noviembre de 2013

Mitad Ortega y mitad Gasset


Ya no puedo negarme a ser lo que tengo que ser. Claudicar sería como dejarse morir, como suicidarse, y no hay nadie más envilecido que el suicida superviviente.

No soy un suicida, ni un superviviente. Sólo soy alguien que de vez en cuando usa el lenguaje para expresar sentimientos, y otras veces, la mayoría, para ocultarlos.

Y metidos en faena, vamos a salvar el mundo, ahora que se ha hecho evidente que sólo la filosofía puede hacerlo. Pero no una filosofía cualquiera, sino la de los verdaderos filósofos (sí, esos que se saben inútiles y que no cesan de ponerse en duda incluso a sí mismos). No la filosofía de los políticos, ni la de los pedagogos, ni la de literatos, ni hombres de ciencia, sino la de los que hacen de la razón instrumento, conscientes de que la vida es lucha con las cosas para sostenerse entre ellas y que las ideas son el plan estratégico que nos formamos para responder a su ataque.

Estas reflexiones están magníficamente expuestas y desarrolladas en La rebelión de las masas, de 1930, aunque Ortega y Gasset ya había formulado su Teoría de la razón vital allá por 1914. Parece que ha pasado tiempo suficiente como para poder leerse, y me consta que así ha sido pues se trata del libro en lengua española más traducido del siglo XX. Pero no parece que se haya entendido bien, y este es un miedo que ya tuvo Ortega (y seguramente también Gasset) en el momento de su publicación. Y ahora, al hablar de falta de comprensión, no me estoy refiriendo tanto a los verdaderos filósofos (esos inútiles convencidos que seguramente sí lo han entendido) como a los otros, a los que filosofan desde sus cátedras de hombres de ciencia, desde sus estrados de literatos, desde sus tarimas de pedagogos o desde sus tribunas de políticos.

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