No es una película de marcianos, ni de extraterrestres. Me cuesta incluso emparentarla con lo fantástico, pero claro, en los tiempos que corren hablar de gente que puede cambiar para bien es difícil fuera del género de lo sobrenatural. Y la historia hace precisamente eso: abrir una puerta a un ámbito del que se vuelve mejorado sin mostrar en ningún momento ese otro mundo utópico. Los cambios los apreciamos de vuelta a la realidad, narrados con un naturalismo y un verismo ejemplares, porque a veces no se trata tanto de que las historias sean verídicas, sino verosímiles.
Recuerdo que el relato original no me impresionó tanto. Lo leí hace un par de veranos en Torre del Compte, en el volumen Les edats d'or (2001) que me había regalado mi vecino y amigo Manel, padre del escritor. Aunque me gusta mucho más su literatura breve que las novelas publicadas hasta entonces (La pell freda en 2002 y Pandora al Congo en 2005), este cuento en concreto no me llamó especialmente la atención. Sin embargo el guión del propio autor para la película de Óscar Aibar es magnífico. En la adaptación cinematográfica, director y guionista han sabido encontrar el formato idóneo para contar esta historia.
Me ilusioné mucho al leer la noticia de que iban a hacer una película en el Matarraña basada en el cuento "El Bosc" de Albert Sánchez Piñol y que se estaban buscando localizaciones por la comarca. Con familiares y amigos de la zona especulábamos sobre cuáles tenían más posibilidades de ser las escogidas: el Puigdoliva, los Povets, les Boldones, márgenes de la val de la Figuera, bosques de pino carrasco que se extienden por todo el término municipal. Pero supuestamente la logística que requería la filmación sobrepasaba en mucho los recursos que podían ofrecer los pequeños pueblos turolenses del Matarraña. Finalmente se rodó en su mayoría en Vila-Rodona (la masía) y Arnes (el pueblo), ambos en Tarragona, el primero en el Alt Camp y el segundo, muy semejante a las villas matarrañenses (no por casualidad, pues se trata del último municipio antes de entrar en Teruel), en la Terra Alta, y alguna escena en La Fresneda (la iglesia), este sí en la comarca bajoaragonesa. Es curioso que en 1996 sí se pudiera rodar "Libertarias" en Calaceite y La Fresneda. Quizás Vicente Aranda tuvo entonces más dinero para pagar desplazamientos, pero en esta ocasión es una pena que no se haya podido rodar en los lugares donde se desarrolla la acción. Sospecho que la razones van más allá de lo meramente logístico.
Al margen de esta pequeña desilusión, lo de las localizaciones es un tema menor, ya que la película es un tributo al Matarraña, un homenaje a sus gentes, a sus costumbres, a sus oficios, a su arquitectura, a sus fiestas, a su historia, a su tierra, a sus tradiciones, a su cultura y a su lengua. Comarca con nombre de río, limítrofe con Cataluña, en la que se habla un catalán antiguo con un léxico muy rico de influencias valencianas y aragonesas, el cual refuerza el carácter tan especial de los personajes. Un idioma anguloso que casa a la perfección con las rocas ancestrales y los olivos retorcidos de sus paisajes, con las inclemencias de su clima y la severidad de sus campos, la fortaleza de carácter de sus habitantes y los vaivenes de su historia. Este retrato se consigue gracias a una dirección artística sobresaliente y a un enorme trabajo (y sobre todo talento) en la dirección de los actores y en la interpretación.
Pero si hay algo que destaca por encima de todo lo demás es el guión del propio Albert Sánchez Piñol. Espero que se haga justicia con esta película y el autor llegue a ser más conocido por haber escrito el relato en que está basada y como guionista de la misma, que como el autor de La pell freda que tanta fama le ha dado. Por eso confío en que la cinta trascienda más allá del género fantástico en que ya la están encasillando algunos críticos. Yo tuve la suerte de verla el viernes pasado en su presentación en el Festival de Cine Fantástico de Sitges. Vosotros podréis hacerlo a partir del próximo 14 de diciembre, pero no esperéis otra de marcianos y guerra civil, ni recreaciones espectaculares de mundos imaginarios; vedla simplemente con el ánimo del que prefiere lo creíble a lo verdadero.