
Esta noche he observado por primera vez la luna desde un telescopio barato que he adquirido recientemente, y la sensación ha sido de vértigo mareante. He comprendido en toda su hondura el significado del término filosofía y no he podido dejar de pensar en el bueno de Galileo tratando de convencer a los escépticos ignorantes de su época para que miraran a través de ese invento holandés que él perfeccionó y comprobaran por sí mismos las irregularidades del cosmos supralunar, las fases de Venus, los satélites de Júpiter y el paralaje de los planetas sobre la esfera celeste.
Es esa filia por la sophia la que hace que algunos hombres no podamos permanecer impasibles ante el sublime espectáculo que en ocasiones nos brinda la naturaleza.
Desmontando ya el juguetito, el visor ha ido azarosamente a enfocar la ventana de una casa que queda delante de la mía, justo en el momento en que una atractiva chica semidesnuda tendía la colada. Ella ha desaparecido enseguida del cuadro, pero la curiosidad me ha hecho utilizar al máximo el aumento de la lente para visualizar con detenimiento los detalles de la ropa interior colgada de ese tendedero.
Entiendo que las sophias alcanzadas en ambas contemplaciones (la cósmica primero y la vouayerística después) han de ser radicalmente distintas, aunque sienta que, al menos en lo que a mí respecta y sin sentirme especialmente satisfecho de ello, las filias motrices estén inequívocamente emparentadas.