miércoles, 7 de septiembre de 2011

2.016 caracteres con espacios


Al salir del cine estaba lloviendo y me dejé vencer por el impulso de correr bajo la lluvia. No era exactamente deseo de correr sino más bien la necesidad urgente de hacerlo. Di unos primeros pasos aún inseguros tropezando entre la gente hasta que alcancé una parte de la acera más despejada. Las zancadas se hicieron entonces más largas a lo cual favorecía seguramente también la ligera pendiente hacia abajo de la calle en ese tramo. A medida que avanzaba veloz en medio de la multitud me sentía fuerte y poderoso y así mantuve la aceleración de mi carrera. Dejé de escuchar nada más que el ritmo de mi respiración acompasada a la cadencia rápida de mi marcha. Al ver mi imagen reflejada en un escaparate me dio la impresión de haber perdido definitivamente el contacto con el suelo y de fluir en absoluta ingravidez. Gocé infinitamente de ese instante, y del mismo modo que había arrancado a correr algunos minutos antes, me fui deteniendo poco a poco hasta quedar inmóvil bajo el aguacero en medio de la muchedumbre que pasaba a mi lado completamente ajena. El agua fue empapando mi cabellera y formando pequeños riachuelos que me acariciaban el rostro. Pensé en la sudoración de los nadadores, tan parecida a las lágrimas de los corredores bajo la lluvia. Imagino que ese pensamiento estaba íntimamente relacionado con la película que acababa de ver, aunque ahora sea incapaz de recordarla. Podría tratarse de aquel cortometraje de Jean Vigo, pero entiendo que ese detalle es meramente anecdótico. Sin embargo me acuerdo perfectamente de la gabardina que llevaba puesta y de cómo su cola ondeó majestuosa mientras duró el impetuoso avance para colgar plebeya y lúgubre después de detenerme. La lluvia persistente que me empapaba comenzó a hacerse molesta. Sólo entonces abotoné el impermeable sobre mi pecho, arrugué el cuello y caminé hacia casa como un autómata con la mirada perdida en el suelo percibiendo la gravedad de mis pies a cada paso pero sin reparar en los charcos que pisaba o que dejaba de pisar.

Para Albert

9 comentarios:

Daniel Domínguez dijo...

Alguien dijo que en el pasado siempre llueve y en un verso del "Purgatorio" de Dante se lee: "Llovió después en la alta fantasía". Qué bien le sienta a la memoria del cine la lluvia y los charcos... Qué bien nos sienta la lluvia que traes -contigo- de vuelta y cómo se queda flotando la gabardina, como un trazo que desposara la pantalla con la calle.
Un abrazo

BLANCO dijo...

Qué bien lo llueves, Jose.
Abraz.

Isabel Martínez Barquero dijo...

He corrido contigo bajo la lluvia. Lo he vivido.
Un abrazo, Jose.

albert dijo...

Aparece de nuevo el impulso incontrolado. Ya sabes, aquella media lagrima que por timidez no se deja caer por miedo a que detrás de ella vengan todas las demás. Estando tan cerca no miraba por la ventada desde hacia unos días, supongo que las palabras del verano despistaban mí curiosidad. Y hoy, ahora, me regalas un tesoro. Corre Jose, corre que empieza a llover en la distancia. Corre dulce, suave, y busca la magia de aquel momento único y hazlo eterno!

Como siempre, un placer inmenso. Mil gracias.

Maria Fernanda dijo...

Hace años corrí bajó la lluvia, caminaba igual q tú, con la lluvia empezando a sentirse en mi frente, y las gotas amenazando con recorrer heladas hasta llegar a mi cuello, pero mi alma estaba fuera de sí, el mundo en derredor solo parecía una fantasía, una neblina, y sólo la lluvia más el palpitante corazón en mi pecho eran aún más reales que mis propios pies apresurados, hasta q el tiempo se detubo y una abalancha de energía me llevaba por encima de todos los seres en medio de no sé q calles, hace unos minutos había descubierto q mi violín fué robado, desde entonces dejé de sentir el suelo y mi cuerpo mismo, salí en búsqueda de él, como si él fuera una persona a quien fuera a encontrar extraviada en las calles, corrí, bajo la lluvia, empapandome toda, fundiendome con el espacio gélido y ese avismo q se me habia abierto en el pecho y en el cerebro, q no habian ni pensamientos, solo corría, y la lluvia me lavó de todo.
Lo he vuelto a recordar lo he vuelto a vivir, esa lluvia q sieempre es bálsamo mágico.
Luego de varios días agetreados, pude al fín recuperar mi preciado violín.
La lluvia....
Abrazos para tí, y un beso al alma.
Fernanda

Carlos dijo...

Desde luego la sensación de lluvia sobre tu cuerpo, si consigues olvidar que estas empapándote, es maravillosa. En tu cuento, el personaje consigue ese momento de aislamiento durante unos instantes y se deja llevar en volandas. Ese personaje que pasa del volátil salto frente al cristal al achaparrado señor de gabardina es magistral.
Un placer de lectura Jose. Abrazos.

Alma dijo...

¡Que bonito! No me puedo desprender de la imagen de la cola de la gabardina. Lo he visto todo en blanco y negro...

Un beso

Jose Lorente dijo...

Daniel, lluvia y cine. Imposible no tenerte en el pensamiento en esta entrada.

Blanco, no podrías haber elegido mejor forma de halagarme.

Isabel, se disfruta también muchísimo corriendo en compañía.

Albert, tengo ganas de correr y de que tú no andes lejos en esas correrías. El placer es mío igual que el agradecimiento.

Fernanda, la lluvia sanadora. Me alegro mucho de que recuperaras el violín. Seguro que él también hubiera corrido detrás de ti de haber podido.

Carlos, es la delgada línea que separa comerse el mundo de que se te caiga encima.

Alma, como en lo sueños.

Muchísimas gracias a todos por pasar por aquí y comentar.
Un abrazo fuerte y hasta pronto.

Luz dijo...

Me ha encantado...