miércoles, 19 de junio de 2013

La crueldad del contra-ejemplo


Ha habido grandes teorías, elaboradas con esfuerzo y rigor, que se han venido abajo por un caso particular al que llamamos contra-ejemplo; discursos bien argumentados, cuyas conclusiones derivan inequívocamente de sus premisas, pero que no han superado la prueba del cuantificador universal (para todo...) por no cumplirse en una situación concreta. Y no estoy hablando de excepciones (que han de quedar descritas y recogidas en las premisas) sino de patrones que contradicen la ley que se formula. He dicho patrones en plural pero basta con que sea uno. El tenaz predicador nos dará innumerables ejemplos que den validez a sus conjeturas, pero para anularlas sólo precisamos de un único contra-ejemplo.

Cualquier científico se haría famoso inmediatamente si encontrara una sola manzana que desafiara la ley de la gravedad. ¡Una sola! Pero eso precisamente es lo que hace irrefutable la teoría newtoniana en el modelo macroscópico: no las hay. En ese mismo intento de cuestionar leyes de la física en un nivel no cuántico (lo que llamamos mecánica estadística clásica) es interesante señalar, por ejemplo, que el comportamiento anómalo del agua entre 0º y 4º no invalida la ley de dilatación térmica de la materia, pues se trata de una excepción, no de un contra-ejemplo

Reconozco el mérito de los que proponen, de los que emiten enunciados con contenido, de los que son valientes en sus manifestaciones aún a riesgo de equivocarse pero convencidos de que llevan la razón. Que el estado melancólico sea propicio para la creación artística me parece un buen tema de discusión, pero que alguien se atreva a afirmar categóricamente que es el único estado válido para que un autor se exprese, lo considero una temeridad. Y que conste que, con el suficiente alcohol en el cuerpo, sería capaz de erigirme en defensor del postulado débil ("la melancolía es un estado propicio para la creación"), pero de ahí a atrincherarme en el postulado fuerte ("la melancolía es el único estado posible para la creación") sería necesaria una intoxicación etílica mucho más severa.

Algo así me sucedió hace unas pocas noches en una tertulia con buenos amigos y grandes conversadores. El interlocutor más vehemente nos retaba al resto a rebatirle el postulado fuerte. Ahora no recuerdo cuáles fueron los términos exactos, y es muy posible que no se utilizara la palabra melancolía, pero creo que el enunciado, tal como lo he reproducido en el párrafo anterior, es fiel al sentido de lo expuesto en aquella velada. Mis argumentos iban en la línea de que en el momento de la creación, sólo el artista sabe cuál es su estado interior. El espectador puede hacer conjeturas respecto a este a posteriori, contemplando la obra. Parece razonable aceptar que puedan existir al menos unas pocas obras artísticas que hayan sido creadas en un estado de ánimo no melancólico, digamos que en estado de alegría. A él no le sirvieron estas apelaciones al subjetivismo y nos exigió pruebas en escultura, pintura, cine y literatura, una para cada disciplina.

Para un creador no hay momento más feliz que el de la creación misma. Independientemente de las motivaciones que lleven al artista a concebir su obra (que pueden ser tormentosas, por supuesto),  el tiempo transcurrido durante la expresión artística es para el autor la auténtica felicidad. Así, acepto el reto de nuestro fogoso orador, pero no para quedarme en un mero contra-ejemplo, caso particular a menudo cruel con teorías magníficas, sino para lanzarle un órdago tan apasionado como el suyo. Mi respuesta es que su planteamiento es completamente erróneo y que muestras de que se equivoca son TODAS LAS OBRAS DE ARTE EXISTENTES, pues estas, independientemente de los estímulos que las originen, no son más que pura manifestación de la alegría de crear.