viernes, 23 de mayo de 2014

Que se oigan las voces, todas las voces


Que el Liceu sea capaz de traer a las más importantes voces wagnerianas del panorama actual habiendo reconocido un déficit presupuestario de 14 millones de euros es, cuando menos, sorprendente. Quizás los cantantes, incluso las grandes figuras, estén rebajando su caché para no perder bolos, pero en cualquier caso, y siempre que no suponga un descalabro para las arcas públicas, los abonados nos felicitamos de poder asistir a funciones con semejante reparto: Klaus Florian Vogt en el papel de Siegmund, Albert Dohmen como Wotan, Anja Kampe en el de Sieglinde, Iréne Theorin como Brünnhilde y Mihoko Fujimura interpretando a Fricka... de lujo.

Cantar a Wagner ha sido siempre un reto, hasta el punto que podía llegar a condicionar la carrera de los artistas que se decidían a abordar sus obras. Se exige una fortaleza de voz especial, que sea capaz de sobresalir por encima de la orquesta, siempre densa y potente en las óperas del genio alemán. Así, pocos son los casos de cantantes que han podido especializarse en el universo wagneriano y destacar también en el resto de repertorio operístico. Sólo las voces más enérgicas son capaces de hacerse oír frente al gran dispositivo orquestal, y eso resta matices para interpretar otros roles. Especialmente en dramas musicales de esta envergadura, después de cuatro horas desgañitándose, incluso los atletas vocales más fornidos flaquean en los últimos pasajes, de pura fatiga. Si a esas escenas el oyente medio ya llega con ciertas dificultades de atención, cuando el cantante renquea ostensiblemente, estos tramos finales pueden resultar lamentables.

Es muy probable que Josep Pons, director musical de este ciclo del Anillo, viendo la plantilla vocal con la que contaba, decidiera hacer una propuesta en que los cantantes destacaran por encima de la orquesta, Orquesta Simfònica del Gran Teatre del Liceu, muy meritoria, pero que es la que hay. Y que quede claro que en Wagner la orquesta no es un mero acompañamiento, ni mucho menos: es un elemento fundamental y no puede quedar en segundo plano. Josep Pons no quiso que quedara relegada, pero tampoco quiso perder la oportunidad de que esas voces de primer nivel dejaran de oírse, y más teniendo en cuenta que la escenografía de Patrick Kinmonth, tan abierta y dispersa, no favorecía que llegaran fácilmente al público.

No soy un wagneriano entendido, aunque esta sea mi tercera Valquiria en el Liceu, la segunda después del incendio. Recuerdo perfectamente aquella primera hace treinta años, en un palco al que pudo invitarme un amigo porque la novia de su hermano mayor era hija de militar. Tuve que alquilar una corbata a la entrada para que me dejaran pasar. Quedé maravillado por el espectáculo, aunque todos dormían a mi alrededor y sólo despertaban cuando los metales rasgaban el aire justo debajo de nuestros asientos. Desde mi localidad tan próxima al escenario podía ver las gotas de sudor de los cantantes, que acabaron todos exhaustos, arrastrándose por el escenario con sus pesadas corazas de guerreros míticos al final del tercer acto, sin poder articular palabra.

Pero resulta que Barcelona sí es un feudo wagneriano enormemente experto, que el pasado lunes en el estreno, capitaneado por un nutrido sector de los pisos superiores, se sintió ofendido por la propuesta del director y se permitió abuchearlo sin compasión. Pues sabed una cosa, despreciables sabiondos de pacotilla: al que suscribe no le cuela vuestra pose de eruditos. Quizás leísteis algo de la representación del prólogo (El oro del Rin) de la temporada pasada y pensasteis que lo teníais muy fácil para haceros los listillos.

Y que conste que me alegra oír quejas, que se escuchen todas las voces (y nunca mejor dicho), que la crítica se haga patente (siempre con respeto y con ganas de aportar, claro). En el Liceu hemos visto representaciones infames de todo tipo sin que nadie dijera ni pío, haciendo gala de tragaderas olímpicas, por eso no entiendo que con Josep Pons, un grupillo no sé si muy numeroso, pero sí al menos muy aullador, se ensañara con él en esta función inaugural.

A mí me gustó la representación: las voces estuvieron sobresalientes, maravillosas, de principio a fin; la orquesta digna (es la Orquesta Simfónica del Gran Teatre del Liceu, recordémoslo, no la Gran Orquesta Simfónica del Teatre del Liceu), sin desmerecer; la dirección de escena de Robert Carsen muy interesante, con las matizaciones que siempre podríamos hacer a estas apuestas descontextualizadas; y por encima de todo ello, pero sin querer sobresalir, ni destacar, ni que su batuta tuviera más protagonismo del necesario especialmente en esta ocasión, una dirección musical que supo sacar el máximo partido de las voces con las que contaba, "las mejores voces wagnerianas del momento" según algunos medios.

Señores abucheadores, es necesario y me gusta que se oigan las protestas (desearía oírlas también cuando se producen desastres flagrantes sobre el escenario del Liceu en otras ocasiones), pero permitid que se puedan escuchar también los aplausos de los que disfrutamos con el planteamiento musical de Josep Pons para La Valquíria. Esas quejas sonaron a gesto ensayado, a querer demostrar al mundo que sabéis mucho de Wagner, y me da la impresión de que, además de haber sido maleducados con alguien que no se amedrentó después de la primera bronca y aún quiso salir a dar la cara una segunda vez (vosotros os escondéis en las sombras de los balcones), no tenéis ni idea; ni de Wagner, ni de ópera, ni de música en general. Abuchead, sí, pero dejad que se oigan todas las voces.

2 comentarios:

jj mor dijo...

Abuchear es el método que utiliza el inconsciente para extrapolar su propio desprecio interior..

Sólo el aplauso es el mecanismo universal mediante el cual un espectador muestra su aprecio por el espectáculo.

Aplaudir o no aplaudir, esa es la cuestión..

Jose Lorente dijo...

Estoy de acuerdo contigo: aplaudir o no aplaudir. Y que conste que alguna vez he abucheado yo también, pero ha sido al sentirme agraviado, en tomaduras de pelo serias o similares.