viernes, 17 de diciembre de 2010

Un rastro de jazz antes del mordisco



BERNSTEIN
Preludio, Fuga y Riffs (para clarinete solo y jazz ensemble), 1949.
Prelude (for the Brass): Fast and exact.
Fugue (for the Saxes): Exactly the same beat.
Riffs (for Everyone).

SHOSTAKOVICH
Jazz Suite No.1, 1934
Waltz
Polka
Foxtrot


SATIE
Le Picadilly, 1905
Marche

TIPPETT
Piano Sonata No.1, 1936/8 rev. 1942
I Allegro

BRITTEN
Sinfonia da Requiem, op.20, 1940
II Dies irae

JANACEK
Capriccio "Vzdor" (para piano mano izquierda y chamber ensemble), 1926
III Allegretto

PROKOFIEV
Sinfonía No.5 en Si bemol mayor, op.100, 1944
II Allegro marcato

COPLAND
Concierto para Clarinete y Orquesta de Cuerda, con Arpa y Piano, 1949
II Rather fast

STRAVINSKY
Concierto para Piano e Instrumentos de Viento, 1923/4 rev. 1950
III Allegro

RAVEL
Valses nobles y sentimentales, 1912
I Modéré
IV Assez animé
VI Assez vif
VII Moins vif

BARTOK
Dance Suite Sz 77, 1923
II Allegro molto
III Allegro vivace

GERSHWIN
Concerto in F, 1925
III Allegro agitato

DEBUSSY
Images pour orchestre, Iberia, 1905/8
III Le matin d'un jour de féte

____________________________________________


Para todos aquellos a los que gusta buscar un motivo para seleccionar una serie de piezas musicales y grabarlas en un CD que regalarán a un amigo.

Y para esos amigos que sugieren los motivos.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Una frase huérfana de sujeto


La razón no siempre acierta al delimitar la frontera entre el bien y el mal, o de otro modo hubiera sido muy fácil para seres inteligentes como nosotros, los humanos, dotados además de un lenguaje rico y preciso, redactar provechosas listas enumerando todo aquello que es bueno y todo aquello que es malo y así establecer las pautas por las que se debe guiar siempre y en todo lugar nuestra conducta. Si hasta ahora no hemos sido capaces de hacerlo es porque, como decía, la razón no es suficiente en lo que a juicios morales respecta.

Andaba yo enmarañado en estas cábalas cuando me topé con la siguiente frase: "Dios prefiere al hombre que elige hacer el mal, antes que al hombre que es obligado a hacer el bien." (A Clockwork Orange, Anthony Burgess, novela 1962). Sentí un escalofrío sacudir instantáneamente todo mi cuerpo, pero no puedo decir que en ese momento se desenmarañaran mis pensamientos, más bien al contrario, pues dudo que nuestras intenciones vayan a ser juzgadas algún día por ninguna divinidad, no tanto porque no crea en ellas (que no creo) como porque entiendo que, de existir, tendrían cosas mejores a las que dedicarse. Pero en cualquier caso quise ponerme inmediatamente a reflexionar sobre ese enunciado a ver si era capaz de aclarar un poco la maraña.

Lo primero que traté de hacer fue sacar de la frase el término "Dios", lo cual ya indica un altísimo grado de temeridad por mi parte, y más sabiendo que alguien tan racional como Kant se vio obligado a introducirlo como sujeto cuando se encontró con un predicado parecido en semejantes circunstancias de orfandad. Pero la suya era una ética deontológica y una moral basada en intenciones. ¿Y quién puede juzgar nuestras intenciones sino Dios o nosotros mismos? Si lo que yo pretendía era eliminar el término "Dios" enseguida me pareció atractivo y coherente sustituirlo por "Nosotros mismos" como sujetos individuales de la acción moral obrando libremente según nuestra voluntad, lo cual no era menos temerario, pues reconozco que suele resultar complicado ser parte y juez, aunque sólo sea por esa inclinación natural que tenemos a autojustificarnos, por no decir a autoengañarnos. Pero vamos a pensar que siempre somos sinceros con nosotros mismos y que, en ese supuesto, preferimos obrar según nuestra propia voluntad independientemente de la bondad o maldad de nuestros actos. Tampoco así se salva el intercambio de términos ya que se está entendiendo la moral como algo individual, y eso va en contra de su propia definición. Difícilmente nos pondríamos de acuerdo si hubiera tantas morales como individuos. Habrá que buscar otro candidato para la sustitución. Pensé entonces en "Conciencia colectiva" aún a riesgo de que algunos argumentaran que ese término es lo más parecido a "Dios" a lo que podemos llegar conducidos por la racionalidad agnóstica.

Es obvio que no hay acción moral si ésta no es libre y voluntaria, pero en lo que respecta a la vida en sociedad y a la convivencia entre seres voluntariosos y libres, es preferible siempre que se haga el bien independientemente de cuales sean las motivaciones que originen aquellas acciones. Esto se plantea magistralmente en La Naranja Mecánica, donde no importa si las acciones son morales con tal de que el mal sea erradicado. Esa antiutopía daría lugar a una sociedad ("Conciencia colectiva") en la que sus miembros enferman ante la mera imagen del mal, sintiéndose obligados (quizás no tanto a hacer el bien, pero sí) a evitar el mal. Luego habría que ver sobre quién recae la responsabilidad de hacer el inventario de lo maligno, porque ya hemos visto que ese es un aspecto especialmente controvertido, y ninguno de nosotros querría acabar aborreciendo (ni tan siquiera el malo malote de Alex) la Novena de Beethoven por asociaciones terapéuticas mal establecidas.

La maraña comenzaba a espesarse desesperanzadoramente. Me seguía gustando el predicado pero no estaba siendo capaz de cambiar el sujeto por otro más próximo a mi gramática. Existe alguien que prefiere a quien obra libremente independientemente de las consecuencias de sus actos para los demás, y ese alguien no es ni Dios, ni la Conciencia colectiva, ni Yo mismo como sujeto individual de la acción moral obrando libremente según mi voluntad... Al ponerle la mayúscula a "Yo" me dí cuenta del error pueril que había estado cometiendo hasta entonces: por un lado reivindicar la figura de ese sujeto que se juzga a sí mismo por encima del bien y del mal como ente único e individual, y por otro convertirlo en sujeto de una acción moral que no se entiende sino dentro de una red compleja de hábitos y tradiciones comunitarias. Así, el individuo juzgándose a sí mismo sí puede ser sujeto de esta oración, pero siempre que prescinda de lo moral. Me pregunté entonces por el sentido de seguir obrando moralmente cuando se ha conseguido prescindir de Dios y de la Conciencia colectiva, y a continuación también por el sentido de seguir condicionando nuestros actos a un conjunto de normas y costumbres si, en la mayoría de los casos, estos nos resultan ajenos, cuanto menos extraños.

Aquí pensé que quizás sería mejor dejar la maraña como estaba, ya que esto no pretendía acabar convirtiéndose, ni mucho menos, en una invitación a la amoralidad (la Conciencia colectiva me libre). Se trataba simplemente de una frase que me hizo pensar, y quise aceptar el reto de jugar a los desenmarañadores con el escaso éxito que habréis podido comprobar los que hayáis llegado a leer hasta aquí. Kant se vio obligado a aceptar la existencia de Dios para que alguien hiciera justicia con las intenciones de nuestras acciones. Quizás Dios hubiera preferido que lo aceptaran libremente, pero en cualquier caso yo no quiero hacerlo ni voluntaria ni condicionadamente sólo para poder apropiarme de una frase que me pareció filosóficamente atractiva.

Por lo que a mí respecta, y puestos a hacer predicados con sujeto conocido, digamos simplemente que soy de los que prefiere a los que hacen libremente el bien, desprecia a los que hacen libremente el mal, respeta a los que se ven obligados a hacer el bien y se compadece (aunque la compasión sea un sentimiento que prefiera no practicar) de los que se ven obligados a hacer el mal.

____________________________________________


Y por darle un tono algo más lúdico (que no amable) a este final de entrada, os recomiendo a parte de la película The Clockwork Orange (Stanley Kibrick, 1971) ya citada y basada en la novela de Anthony Burgess que contiene la frasecita de marras, otras dos que también invitan a reflexionar sobre estas cuestiones: La Cérémonie (Claude Chabrol, 1995) y Funny games (Michael Haneke, 1997) (existe otra versión americana, también dirigida por Haneke, de 2007 con distintos actores, pero me atrevería a decir que idéntica a la anterior, fotograma a fotograma).

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Sobre defectos asumidos


¿Cuál es la cualidad que más admiras en una mujer?
La inteligencia.

¿Cuál consideras que es tu principal defecto?
Haber mentido en la respuesta anterior.


Fragmento de entrevista tipo test a un prestidigitador.
Suplemento dominical de La Vanguardia, mediados de los '90.

____________________________________________


Si el interpelado manifiesta haber mentido en la primera respuesta es porque realmente piensa que la cualidad que más admira en una mujer no es la inteligencia, aunque admite en la segunda reconocer en esto un defecto propio. Parece obvio que tiene en mente la belleza porque si fuera cualquier otra virtud (bondad, honradez, sinceridad, fidelidad, honestidad, lealtad, etc.) no resultaría controvertido hasta el punto de verse obligado a mentir.

Si no lo dice directamente es porque debe de considerarlo políticamente incorrecto. Así, puestos a hacer un análisis de la segunda respuesta, nos veremos en la necesidad de aclarar cuál es verdaderamente ese principal defecto suyo al que se está refiriendo: considerar que la cualidad más admirable de las mujeres sea la belleza y no la inteligencia, o el hecho de haber mentido para salvar el juicio de lo correcto políticamente.

Ojalá se tratara de la segunda opción, porque volviendo a la primera pregunta, fijaos en que ésta apela a lo que se admira, no a lo que se valora, se pondera, se alaba o se aplaude. Sin ánimo de complicarnos en exceso con matices semánticos, admirar implica una cierta sorpresa y asombro ante algo extraordinario o inesperado. Supongo que el entrevistado no llegó tan lejos en la interpretación del significado último de la cuestión e hizo la típica lectura de "te gustan listas o guapas". No creo que nadie se asombre hoy en día ante una mujer inteligente por considerarla como un fenómeno extraordinario de la naturaleza. Desde luego no creo que fuera el caso de nuestro prestidigitador que demostró con sus respuestas ser un tipo despierto, lúcido y sutil.

Y en el mío he de deciros que soy plenamente consciente de vivir rodeado de ellas y que valoro, pondero y alabo hasta la ovación cuantas virtudes me muestran, incluida la inteligencia, por supuesto. Pero puestos a admirar cualidades femeninas, puestos a quedarme extasiado como un bobo con la boca abierta y babeando, admiro sobre todo la belleza de mujer en todas sus posibles y múltiples manifestaciones, y nunca consideraría este acto de admirar como un defecto propio, salvo en el caso de no haberlo hecho suficientemente y en su justa medida.

martes, 16 de noviembre de 2010

Bienhallado Sr. Berlanga


Hace ya algunos años programaron en la Filmoteca de Barcelona "Los jueves milagro" con la presencia del director. Fuimos Paloma y yo con un amigo y llegando a la puerta vimos que justo en ese momento venía él caminando solo por la acera en sentido contrario al nuestro. Supongo que al reconocerlo se nos notó en la cara el gesto de admiradores entregados (el mío era más que evidente como puede verse) porque parecía esperar con toda naturalidad que nos pusiéramos a su lado para tomarnos entre sus brazos. Le di a nuestro amigo rápidamente la cámara que suelo llevar para el trabajo y disparó esta fotografía entrañable que guardo celosamente en un lugar muy especial de mi archivo de mitomanías, aunque de ese encuentro y de esa velada tengo sobre todo el recuerdo de un hombre lúcido, cercano y amable, que habló de su obra sin presunción y nos dio a todos una auténtica lección de integridad y actitud crítica frente a la intolerancia en una época en que sólo con inteligencia y verdadero talento se podía burlar los férreos mecanismos de la censura.

Descanse en paz y gracias por todo.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Rehabilitarse o reconstruirse


En ocasiones el deterioro es tan importante y tan generalizado que no vale la pena plantearse una rehabilitación. Asumida la reconstrucción se hace necesario tomar una decisión sobre qué hacer con las viejas ruinas: completar la demolición y eliminar todo rastro de lo anterior; dejarlas como testimonio y esperar que el tiempo haga el resto; conservarlas asumiendo lo que de grotesco tiene el mantenimiento de una ruina (aunque sepamos de muchos ejemplos en la línea del parquetematismo, tan al uso). Y en relación a la nueva obra, podemos edificar encima de los antiguos escombros o buscar otro emplazamiento más o menos alejado del anterior. Supongo que en este punto cada cual dará un valor determinado a la memoria. No querría bajo ningún concepto hacer juicios de valor al respecto, pero sí me atrevería a decir que encuentro un cierto matiz morboso en convivir con los cascotes resultantes de esos derrumbes, porque una cosa es el olvido y otra muy distinta es no perder nunca de vista el desolado paisaje de la destrucción.

Espero poder levantarme cuantas veces sea necesario y no olvidar nunca las circunstancias que dieron lugar a esas caídas y a esas remontadas, pero cada vez que me ponga en pie sacudiré el polvo de mis ropajes para presentarme incólume a recibir lo que esté por venir, tanto los lustres como los embrutecimientos.

____________________________________________


La imagen pertenece al pueblo viejo de Belchite tal como puede verse hoy en día. En él se desarrollaron durante la guerra civil una serie de operaciones militares que arrasaron por completo el núcleo urbano. Pasada la contienda se levantó el pueblo nuevo de Belchite colindante a las ruinas del viejo, cuyos últimos habitantes no las abandonaron hasta 1964. Durante algún tiempo se consideró la posibilidad de conservarlas para el turismo y se instalaron vallas para preservar la zona, pero actualmente es un área abierta y visitable sin acondicionar.

Antes de la guerra civil española fue una villa de cierta importancia, con vistosos edificios civiles, varias iglesias y dos conventos. En los libros de historia se pueden encontrar todos los detalles y así poner nombre a los bandos responsables de la destrucción del viejo y de la costrucción del nuevo que, desde mi punto de vista y sin querer entrar en otras consideraciones, mostraron ambos un pésimo gusto estético.