He pensado que Johann Sebastian Bach merecía una entrada más seria que la anterior. Sé que muchos de vosotros venís aquí animados por el rigor con el que suelo tratar los temas relacionados con la música y sus creadores, por lo que he tratado de rectificar de inmediato el agravio causado al maestro de maestros.
Porque si hay alguien en la historia de la música que haya sido unánimemente así considerado, este no es otro que Johann Sebastian Bach. Su caso es el de aquellos compositores a partir de los cuales deja de tener sentido seguir haciendo música de la misma manera. Lo que venga después tendrá que ser otra cosa, abrir un nuevo camino. Sospecho que aún hoy se está explorando hacia dónde, aunque la imagen que se tiene de los compositores actuales sea más bien la de aquellos a partir de los cuales deja de tener sentido seguir haciendo música, de cualquier tipo.
Nació en Eisenach (Turingia) en 1685, octavo y último hijo del músico municipal Johann Ambrosius Bach, miembro de una saga de músicos que se remontaba hasta el siglo XVI, pero para ahondar en los detalles de su biografía os recomiendo cualquiera de los manuales que pueblan copiosamente las estanterías de librerías especializadas. Señalar simplemente que ese mismo año nacen también Scarlati (Domenico, no confundir con Alessandro) y Haendel, que pronto mostrarán ambiciones de estrellato; todo lo contrario que Johann Sebastian, infatigable artesano entregado devotamente a su oficio sin más aspiración que la de hacerlo lo mejor posible. Era la época de las óperas cortesanas y de los castratti, pero a Bach le tocó lidiar con músicos modestamente asalariados y coros infantiles parroquiales, todo dentro de la austeridad luterana. Nunca compuso una ópera ni nada que se le pareciera, por lo que no fue rival de los grandes divos de su época que viajaban por Europa en honor de multitudes presentando sus creaciones de volátiles florituras e insustancial ingravidez.
Resulta muy significativo el tratamiento que da Bach precisamente a la voz en la mayoría de sus obras, especialmente en las cantatas y pasiones, en contraposición a ese lucimiento efímero que se brindaba a los cantantes de moda. Sirva como ejemplo cualquiera de sus cantatas religiosas más conocidas (Jesus bleibet meine Freude de la BWV 147, o Wachet auf de la BWV 140, o Wie zittern und wanken Der Sünder Gedanken de la BWV 105, o las arias de la BWV 21, 30, 61, 127, 149, 199, ...), en las que la línea melódica de la voz es notablemente más pobre que la del acompañamiento instrumental. La voz es la herramienta transmisora del texto (normalmente un coral luterano en estas cantatas) y ha de ser lo más inteligible posible. Las hermosas melodías que nos quedamos tarareando después de escuchar estas piezas corresponden habitualmente al oboe, o a la flauta, en ocasiones al violín, pero nunca a la voz. Y sin embargo sentimos cómo la voz se eleva gracias a esa sublime vestimenta instrumental. Cuando hoy veo los lanzamientos discográficos de compilaciones de estas obras ensalzando exageradamente las interpretaciones de las sopranos de turno, divinizadas por el mercado editorial, no me cabe ninguna duda de que no era eso lo que Bach pretendía. Por no hablar de las propuestas del tipo contra-tenor mega estrella como Philippe Jaroussky, que no es un castrati ¡pero merecería serlo! (en mi opinión, siempre rigurosa y fundamentada, como ya sabéis). Con Bach padre no se ha atrevido más allá, que yo conozca, del Duo Et Misericordia del Magnificat, pero del menor de sus hijos, Johann Christian, sí lo hizo en 2009 con "La Dolce Fiamma", una recopilación de arias para castrato, tan impecable como repelente, tan agradable a nuestros oídos como rentable para su bolsillo. Una voz celestialmente deliciosa que detesto profundamente por pura manía (rigurosa y fundamentada, por supuesto, ya sabéis). Mucha pose y pocos huevos (disculpadme pero no he podido resistir la tentación de utilizar esta expresión tan vulgar al hilo de estas reflexiones). Recupero aquí una frase del "Viejo peluca" refiriéndose al más joven de su numerosa prole: "Mi Christian es tonto, por eso algún día tendrá fortuna en el mundo". Y la fortuna de ese tonto será también la de otros tontos, añado yo.
El hijo superó enseguida la fama del padre (muy escasa todavía en su época) gracias a este tipo de obras, mientras el Cantor de Santo Tomás seguía peleándose con el contrapunto en cánones y fugas de enorme complejidad técnica y formal que su propio hijo era incapaz de comprender. Cuentan que en una celebración en que acompañó a su padre para pasarle las hojas de la partitura mientras este tocaba el órgano ante una congregación de fieles absolutamente extasiada, al salir del templo le preguntaron por los detalles de la última tocata imposible que había interpretado. Johann Christian no supo qué responder, por lo que el público se sintió extrañado de que no pudiera satisfacer su curiosidad tratándose de su hijo y alumno. "Sí señores, aunque no conozco los motivos que llevan a mi maestro a escribir estas piezas tan admirables, soy su alumno y su hijo. ¡El vigésimo!" La multitud estalló en una exclamación al unísono "¡Veinte hijos! ¿Y todos con la misma?" A lo que Johann Christian respondió: "Sí, con la misma, pero con distintas mujeres."
Resulta curioso que el mismo cirujano ambulante que le causó la muerte en 1750 tras una intervención quirúrgica fracasada en un ojo, también lo hiciera con Haendel en circunstancias semejantes nueve años después. Me escandaliza que nadie hable hoy de ese tal John Taylor, un auténtico Yoko Ono de la música barroca occidental.
____________________________________________
Recomiendo no tomar como ciertos (para tesis doctorales sobre Johan Sebastian Bach o similares) todos los datos vertidos en este ensayo (riguroso y fundamentado, por supuesto, pero también humorístico y tendencioso, como ya sabéis). Si lo hiciera de otro modo no aportaría nada que no pudierais encontrar en esos manuales a los que me refería al principio.
La música es lo mejor, pero parafraseando a Manuel de Falla, el que sólo sabe de música, no sabe ni de música.