miércoles, 20 de noviembre de 2013

Mitad Ortega y mitad Gasset


Ya no puedo negarme a ser lo que tengo que ser. Claudicar sería como dejarse morir, como suicidarse, y no hay nadie más envilecido que el suicida superviviente.

No soy un suicida, ni un superviviente. Sólo soy alguien que de vez en cuando usa el lenguaje para expresar sentimientos, y otras veces, la mayoría, para ocultarlos.

Y metidos en faena, vamos a salvar el mundo, ahora que se ha hecho evidente que sólo la filosofía puede hacerlo. Pero no una filosofía cualquiera, sino la de los verdaderos filósofos (sí, esos que se saben inútiles y que no cesan de ponerse en duda incluso a sí mismos). No la filosofía de los políticos, ni la de los pedagogos, ni la de literatos, ni hombres de ciencia, sino la de los que hacen de la razón instrumento, conscientes de que la vida es lucha con las cosas para sostenerse entre ellas y que las ideas son el plan estratégico que nos formamos para responder a su ataque.

Estas reflexiones están magníficamente expuestas y desarrolladas en La rebelión de las masas, de 1930, aunque Ortega y Gasset ya había formulado su Teoría de la razón vital allá por 1914. Parece que ha pasado tiempo suficiente como para poder leerse, y me consta que así ha sido pues se trata del libro en lengua española más traducido del siglo XX. Pero no parece que se haya entendido bien, y este es un miedo que ya tuvo Ortega (y seguramente también Gasset) en el momento de su publicación. Y ahora, al hablar de falta de comprensión, no me estoy refiriendo tanto a los verdaderos filósofos (esos inútiles convencidos que seguramente sí lo han entendido) como a los otros, a los que filosofan desde sus cátedras de hombres de ciencia, desde sus estrados de literatos, desde sus tarimas de pedagogos o desde sus tribunas de políticos.

viernes, 18 de octubre de 2013

Una nota tuya bastará para sanarme


Escuchando a Ravel siento que la música por fin adquiere rango de trascendentalidad. Todo lo demás, anterior o posterior, me parece tentativa. Me consta que fue agradecido con sus antecesores que se dedicaron a ella con tanto ahínco y seguramente, de haberlos conocido, hubiera sido indulgente con sus sucesores a los que no quedó más remedio que tirar la toalla, muchos de ellos sólo después de enloquecer.

Si la música es la más divertida de todas las cosas inútiles a las que podemos dedicar nuestra existencia, la de Maurice Ravel es no sólo contingente, sino además necesaria. Y digo esto con la tranquilidad que da saber que todo el mundo conoce al menos el Bolero, y eso debería bastar para sanarnos.

Pero el que quiera gozar de la mejor salud posible que se haga con una buena versión de los Valses nobles et sentimentales, de Gaspard de la nuit, de la Pavane pour une infante défunte, de los Miroirs, de los Jeeux d'eau, de la Sonatine, de la Tombeau de Couperin, del Cuarteto de cuerdas y del Concierto para piano en Sol mayor.

El Adagio assai de este último es una de mis debilidades. Cuesta imaginar algo tan hermoso, pero mucho más aún que alguien haya sido capaz de escribirlo después de imaginarlo.

jueves, 10 de octubre de 2013

Fin de una trilogía del desánimo


Nuestras ciudades son como vertederos de escombros
si las miramos con una cierta distancia.
Quizás por ello nos sintamos a salvo habitándolas.
Los carroñeros parecen indecisos ante la visión que se les ofrece.
Porque nuestras ciudades, incluso las más bellas,
son como vertederos de escombros
cuando se las mira con una cierta distancia.

Los vertederos de escombros y electrodomésticos viejos
se suelen mirar siempre de cerca.
No es fácil verlos con una cierta distancia.
Alguien se ha preocupado de que permanezcan ocultos en medio del paisaje.
Pero si alguna vez tenéis ocasión de contemplarlos con una cierta distancia,
coincidiréis conmigo en que son como nuestras ciudades,
vertederos de escombros y electrodomésticos viejos,
incluso las más bellas.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Morir es un deber


Es curioso que en ocasiones nos neguemos a reconocer el derecho a morir y que el debate sobre la eutanasia siga generando controversia, pero que por otro lado aceptemos de tan buen grado el deber de morir como acto necesario para la comunidad.

No podemos (debemos) perpetuarnos en la existencia por la sencilla razón de que han de cuadrar las cuentas. Qué lejos quedan aquellos anhelos de inmortalidad; aquella fe ciega en una ciencia que conseguiría hacernos eternos. Incluso me atrevería a decir que eso, hoy en día, ya está al alcance, aunque no para todos, por supuesto.

Una de las máximas que más puede ayudarnos a entender que somos seres sociales es que fuera de la comunidad sólo existen dioses y bestias. Está claro que no somos simples bestias luchando por la supervivencia ni mucho menos dioses regalando vidas infinitas para una partida en un juego que nosotros mismos hemos diseñado. Pero si triste es asumir que la vida eterna no podrá ser para todos, trágico es admitir que la mera existencia se esté convirtiendo en una carga para la sociedad.

No tendré inconveniente en dejar mi puesto al relevo cuando llegue el momento (y no me refiero tanto a las generaciones futuras, que vayan ustedes a saber los valores de esos pollos, como a las presentes más jóvenes que si bien tampoco es que lo tengamos muy claro al respecto, por lo menos ya están aquí) entendiendo que todos han de poder disfrutar de la fiesta y que morir es en esencia, más que inevitable o necesario, puro deber.

Eso sí, hasta entonces no nos resignemos a vivir sin la cuota de dignidad que nos corresponde por derecho.


lunes, 16 de septiembre de 2013

Pornografía sin tetas ni culos


Recuerdo una clase de estética en la escuela de arquitectura. Sí, hubo un tiempo en que era materia obligatoria en el plan de estudios que debía seguir un arquitecto. Alguien ha pensado que a día de hoy resulta más útil enseñarles a cumplimentar fichas de idoneidad energética, pues ya no es requisito indispensable para la obtención del título y este curso ha dejado de impartirse, al menos, que a mí me conste, en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona, que en su día llegó a tener hasta cinco profesores en dicho departamento y por la que pasaron nombres ilustres como Eugenio Trías, Félix de Azúa, Xavier Rubert de Ventós o Ferràn Lobo entre otros. Este último es el protagonista del episodio que hoy me ha venido a la memoria.

Sus clases eran apasionantes. En ellas se debatía sobre Sófocles, sobre Nietzsche contra Wagner, sobre Doktor Faustus y Visconti, sobre Apolo y Dionisos... Él nos animó a ver Muerte en Venecia, así que sólo por eso ya le estaré eternamente agradecido. No recuerdo exactamente el tema de aquel día, pero sí que en un momento dado pedí la palabra y le pregunté qué era la pornografía. En el contexto de su discurso esperaba que sus palabras me aclararan algunas dudas sobre lo demasiado explícito, sobre lo obsceno, sin que esto tuviera que referirse necesariamente a tetas y culos. Yo en esa época era un consumidor de nivel medio (quizás tirando a alto pero sin llegar a compulsivo) de lo que en lenguaje común se conoce como "porno". Su contestación me decepcionó: "Puede verlo usted mismo en las portadas de las revistas para adultos que se venden en los quioscos." La clase rió, pero a mí no me sirvió de nada esa respuesta. Me parece más interesante la definición que da el Diccionario del uso del español de María Moliner: "Representación o descripción explícita de actos obscenos en películas, revistas, libros, etc." Otras definiciones hablan en concreto de imágenes de actos sexuales que pretenden excitar. No creo que consista sólo en eso. Hay otro tipo de pornografía. La RAE habla del carácter obsceno de obras literarias o artísticas, pero me da la impresión de que esta definición se queda en lo meramente despectivo del término.

Sigo sin encontrar una definición que me convenza del todo. Quizás no exista. Pero de vez en cuando veo películas como Le Capital (2012) de Costa Gavras y me acuerdo de aquello que hubiera querido escuchar verbalizado en la respuesta de mi profesor de estética.

Obsceno, explícito, ...sin tetas ni culos.