Un tipo algo peculiar me dijo un día que había decidido convertirse en un experto en la obra de Anton Webern. Su argumento parecía convincente: 31 números de opus y poco más de media docena de composiciones no catalogadas, la más larga de las cuales apenas alcanza los quince minutos de duración, y que todas juntas no llegan a las cuatro horas de audición. Se trata de música compleja, sin duda, me explicaba vehemente, pero por más difícil que sea, en total resultan sólo tres CD's, y a base de escucharlos una y orta vez...
¿Y qué hay de Schoenberg, Mahler, Debussy, Wagner, Bruckner, Brahms, Beethoven, Schubert, Haydn o Bach?, le dije. Por supuesto..., Bach, me respondió: la orquestación de la fuga a seis voces de La Ofrenda Musical; el Cuarteto op. 28 con la serie de notas que forman el nombre de B-A-C-H en la notación alemana; sin olvidar a Schubert y la transcripción de 1931 para orquesta de sus Danzas Alemanas para piano.
Me acordé enseguida de un ruso, también muy peculiar, que contaba cómo había pretendido aprender español memorizando un diccionario traductor: "¡Sí, lo tengo todo metido aquí, - decía con marcado acento eslavo señalándose impetuosamente la cabeza con el dedo índice - en el culo!"
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Al anochecer del 15 de septiembre de 1945, Anton Webern, empedernido fumador, salió de casa de sus hijas en Mittersill, donde había tenido que refugirse con su mujer de los bombardeos que las tropas aliadas lanzaron pocos días antes sobre Viena, su ciudad natal y de residencia en aquella época durante el nazismo, para disfrutar antes de acostarse de un espléndido puro que le había regalado su yerno, primer ejemplar semejante que veía desde el estallido de la guerra, sin molestar de esa forma a sus nietos con el humo del cigarro. Un inexperto soldado estadounidense, dicen que confundido y nervioso por el toque de queda y la nocturnidad, disparó tres veces sobre aquella enflaquecida y borrosa figura humana, acabando con la vida del compositor.
Con este episodio absurdo y estúpido (me gustaría pensar que nadie hará de él metáfora siniestra contra la ley antitabaco, y perdón por el guiño a la actualidad) se cierra la biografía de uno de los grandes creadores del siglo XX, singular ejemplo de fidelidad a un credo estético que defendió durante toda su vida, manteniéndose firme ante la incomprensión de la mayoría de sus contemporáneos y de un entorno cultural, social y político ferozmente hostil con los innovadores.
"(...) De una mirada puede hacerse un poema; de un suspiro una narración. Pero expresar toda una novela con un solo gesto, una inmensa alegría con un leve soplo, es algo que únicamente se puede lograr cuando se ha olvidado toda compasión hacia uno mismo (...)".
Arnold Schoenberg, Prólogo a la edición de las Seis Bagatelas para cuarteto de cuerda op.9 de Anton Webern, 1913.
Nunca en música se había llegado a tales extremos de condensación y sobriedad. Nos encontramos ante un cuarteto de cuerda de seis movimientos que en la versión del Juilliard String Quartet de 1970 no llega ni siquiera a los cinco minutos de duración, pero que expresa tanto o más que horas y horas de otros compositores. La utilización del silencio como valor musical, la condensación de células motívicas, la ausencia de tema como tal y la singular importancia concedida al giro interválico, llevan a Webern a reducir la densidad sonora de su música al mínimo. De este modo la textura se hace efímera, insinuada levemente con refinada sutileza, y entre gesto y gesto se hace necesario el silencio como recurso genuinamente expresivo. Este trabajo meticuloso y preciso con las pausas, y la emoción que se otorga a la distancia entre notas, son valores que, habiendo sido secundarios hasta entonces, reclaman ahora todo el protagonismo. Después de esta obra sublime, máximo exponente del pensamiento weberniano, algo cambiará ya definitivamente en la forma de hacer y de escuchar música.