
Si me preguntáis cuál es mi obra favorita de cualquier otro músico eludiría de inmediato la respuesta por razones obvias, pero hay uno del que la tengo muy clara, y no se trata precisamente de un compositor de una sola obra*, sino de Mozart: el concierto para piano y orquesta nº 24 en do menor, K 491.
Podría dar algunos argumentos para justificar esta preferencia (la potencia sinfónica, la pasión soterrada y profunda, la tendencia dramática, el cromatismo arrebatador, las modulaciones atrevidas, los intervalos de séptima disminuida ascendente, y demás tecnicismos que suelen acompañar los manuales y los programas de mano de las salas de conciertos) pero me los voy a ahorrar, pues me parece que ya es mucho decir y, dicho lo dicho, estoy convencido de que el que conozca la obra me conocerá un poco mejor a mí a partir de ahora.
Después de haber escuchado muchas veces este concierto de Mozart, leí que también era el favorito de Beethoven. Sabía que éste había escrito su tercer concierto para piano en la misma tonalidad inspirándose en el K 491, pero no pude acceder a explicaciones más detalladas y personales. Aún así, me alegró pensar que ambos coincidíamos en esta preferencia y sentí que, de algún modo, Beethoven era, a partir de entonces, un mejor conocido mío.
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* No creo que existan compositores de una sola obra, pero esta es la expresión que utilizan algunos manuales de música para referirse a creadores que se han hecho famosos por una composición que se considera que está por encima de todas las demás que hayan escrito, y suelen incluir en esta categoría a autores como Adam, Albinoni, Bruch, Chabrier, Dukas, Glinka, Gound, Leoncavallo, Rodrigo o Villa-Lobos. En la mayoría de casos lo considero no sólo muy cuestionable, sino absolutamente descabellado.