miércoles, 26 de noviembre de 2014

Claude Debussy: Contra una teleología de la historia de la música


La música ha seguido su curso desde el inicio de los tiempos y parece evidente que ha evolucionado, enriqueciéndose, desde la sencillez de la monodia medieval, pasando por la polifonía del Renacimiento y por la exploración cromática y contrapuntística del Barroco, hasta la sofisticación de las técnicas de escritura que comenzaron en el Romanticismo alargándose hasta la época moderna. Y según parece, el fin último de todo este proceso era llegar a la atonalidad en primer término, y al dodecafonismo como culminación. Al menos eso es lo que postulan algunos entendidos. Todo lo que no conduzca al dodecafonismo queda anclado, vuelve la mirada atrás o es neoclásico y retrógrado.

Debussy se desmarcará de esa lógica y esto incomoda a un buen número de historiadores que habían diseñado perezosamente un trazado en el que todo encaja en un trayecto que va de Wagner a la atonalidad terminando en el dodecafonismo. Claude Debussy será el germen de una modernidad diferente que se cimentará en la tradición y en el folclore, pero también de las derivas estéticas que se manifiestan al mismo tiempo en otros campos artísticos de ese comienzo de siglo XX, como el impresionismo en la pintura y el simbolismo en la poesía. Es un momento de lucha entre dos corrientes muy distintas, si bien ambas consideran al hombre como centro del universo. En el romanticismo había una necesidad de expresar las pasiones en un mundo animado y en movimiento constante. En el impresionismo, el autor, figura igualmente central, experimenta y registra las impresiones que la naturaleza le produce. De aquí la noción de un todo estático e inmóvil, como en pintura, y la relación tan estrecha de ésta con la música.

Debussy quiere superar el fraude de ese wagnerianismo disfrazado aún de posromanticismo en busca de un lenguaje musical más honesto y veraz. Aquí cito textualmente a Alex Ross que lo explica magistralmente en El ruido eterno: "En esencia, estaban formándose dos vanguardias, una junto a otra. Los parisienses se encaminaban hacia el mundo brillante y luminoso de la vida cotidiana. Los vieneses avanzaban en la dirección contraria, iluminando las terribles profundidades con sus antorchas sagradas".

Tenemos claro quiénes son los vieneses: Schoenberg, Berg y Webern, herederos de Mahler y, simplificando, del romanticismo germánico que llega a Richard Strauss después de Wagner. Pero tratemos de seguir el rastro de aquellos a quienes pudiera estar refiriéndose Alex Ross bajo el apelativo de "los parisienses". Ravel es evidentemente uno de ellos, aunque en este contexto tengo que considerarlo una prolongación de Debussy, y soy muy consciente de la tremenda injusticia que estoy cometiendo, porque si, como dije de Ravel en una entrada anterior, con él sentimos que la música por fin adquiere rango de trascendentalidad, con Debussy esto sucedió antes. También tenemos a Paul Dukas, a Albert Roussel y a Florent Schmitt, pero sus audacias, y aquí sé que no estoy siendo injusto, no llegaron tan lejos. O antes a César Franck y Camile Saint-Saëns, y sus discípulos D'Indy y Fauré, pero Debussy supo ampliar el lenguaje de estos antecesores, del mismo modo que supo separarse de Wagner y sus sucesores, a pesar de haber caído inicialmente, como tantos otros jóvenes aspirantes a artistas de su época, bajo el hechizo de Parsifal.

Este dualismo es muy significativo y determinante en el devenir del arte musical del siglo XX. aunque la tradición específicamente francesa venga del clasicismo. Esta se basa en una concepción de la música como forma sonora, mientras que la concepción romántica alemana es como expresión. El orden y el comedimiento en contraste con los alardes emocionales. Sutiles esquemas de sonidos, ritmos y timbres frente a la épica. No hay mensaje, ni referencias al destino del universo ni al estado de ánimo del compositor. Y esta forma de hacer ya se apreciaba en compositores tan antiguos como Couperin, Rameau y, mucho más tarde, Gounod. Berlioz sería la excepción en esta tradición: el autor de la Sinfonía Fantástica tuvo éxito en todas partes menos en Francia, precisamente por preferir, como muchos de esos románticos alemanes, el dramatismo y la grandilocuencia al matiz y la serenidad, la pesadez a la gravedad, el regocijo al ingenio, la solemnidad a la calma, cualidades, todas las segundas, que destacarán en el impresionismo.

Pero más que el impresionismo, será el simbolismo lo que termine de perfilar la estética de Debussy, considerando la música como el medio de acceder a un mundo superior donde se encuentra la belleza pura y la verdad. De este modo, Debussy pretende sugerir más que decir, y en este sentido, sabemos que la música es sin duda, como lenguaje artístico, el camino más recto.

Después de Debussy vendrán otros compositores interesantísimos que harán sus aportaciones muy meritorias o incluso geniales, pero él no es un eslabón entre dos periodos, ni un antecesor, ni una plataforma, ni una puerta de paso, ni un peldaño. En su música se da cita todo lo anterior, junto con el exotismo de los trópicos, el flamenco y los ragas, y los gongs resonantes vietnamitas con los que entró en contacto en la Exposición Universal de París de 1889, donde también tuvo oportunidad de conocer a un grupo de gamelán javanés con sus escalas mínimas, su delicada estratificación de timbres y su sensación de tiempo detenido.

El tiempo se detiene en las creaciones de Debussy, igual que se detiene la historia de la música que pretendamos hacer a partir de él. Porque a partir de él no se llega ni al dodecafonismo ni a nada que podamos considerar culminación o destino. El dodecafonismo viene después en la secuencia cronológica, pero la música de Debussy es un final de trayecto en sí misma. Y seguramente a él no le hubiera gustado este apelativo, porque también es origen, y revisión, y parada (tiempo detenido), y contemplación de una naturaleza que es soberana, que nos impresiona y que, por tanto, nos afecta (en el sentido de no salir indemnes), y que el compositor observa desde su punto de vista, privilegiado y central, que experimenta y registra en esa condición de hombre; hombre atento pero hombre simplemente, que no es poco a pesar de lo que a algunos les pueda parecer así, sin superlativos ni heroicidades.